DE HVMANÆ ANIMÆ FABRICA

(La Fábrica del ALMA HUMANA)

Prof. Dr. Carlos Gabriel CHADA CASTRO

DE HVMANÆ ANIMÆ FABRICA

(La Fábrica del ALMA HUMANA)

Prof. Dr. Carlos Gabriel
CHADA CASTRO

Retrato cubista de Carlos Gabriel Chada Castro con toga académica ante un edificio universitario
Carlos Gabriel Chada Castro con toga académica junto a un automóvil clásico ante la capilla del King's College, Cambridge

Carlos Gabriel Chada Castro

ψυχῆς ἰατρεῖον / Remedios del alma / Remèdes de l’âme / Medicines for the soul / medicine dell’anima / Heilmittel der Seele / remédios da alma

Retrato cubista de Carlos Gabriel Chada Castro con toga académica ante un edificio universitario
Carlos Gabriel Chada Castro con toga académica junto a un automóvil clásico ante la capilla del King's College, Cambridge
Retrato de Carlos Gabriel Chada Castro en un paisaje surrealista con relojes blandos
Monograma dorado ΨΦ (Psi y Phi entrelazadas), emblema de DE HVMANÆ ANIMÆ FABRICA

ΨΦ — SIGILLVM ACTVARII

Remedios del alma

Una biblioteca interior

Versión revisada en el espíritu del CANON ACTVARIANVS

Cuenta una antigua tradición que en el umbral de la biblioteca sagrada de Ramsés II podía leerse la inscripción griega ψυχῆς ἰατρεῖον: medicina del alma, o, en una traducción más libre y acaso más hermosa, remedios del alma.

Tal vez pocas fórmulas hayan expresado con semejante concisión aquello que los libros significaron para ciertas civilizaciones y, secretamente, también para mí. No son meros depósitos de palabras, ni anaqueles donde el saber espera inmóvil a sus lectores. Son dispositivos de transfiguración interior, discretas formas de medicina espiritual, cámaras de resonancia de la memoria y laboratorios donde temporalidades remotas pueden coexistir sin anularse.

Los libros han ejercido siempre sobre mí una fascinación casi órfica.

Toda biblioteca constituye, en el fondo, una conversación entre regiones heterogéneas del tiempo: tiempos lineales y circulares; históricos y míticos; simultáneos, divergentes o ya definitivamente extinguidos. Abrir un libro significa franquear una frontera singular: ingresar en un territorio donde los muertos continúan hablando y donde ciertas ideas sobreviven a sus autores con una obstinación que ninguna biología podría explicar enteramente.

Tal vez por ello Borges imaginó el Paraíso bajo la forma de una biblioteca. Y quizá por la misma razón Umberto Eco comprendió que una biblioteca no es solamente un archivo del saber, sino también una formidable máquina contra el olvido.

Los muertos continúan hablando allí donde los libros permanecen abiertos.

Pero toda biblioteca es también una autobiografía involuntaria.

Los libros que elegimos, aquellos que abandonamos, los que releemos después de veinte años y aquellos cuyo recuerdo nos acompaña sin necesidad de volver a abrirlos, terminan componiendo una cartografía secreta de nuestra existencia. Ningún itinerario intelectual es absolutamente deliberado. Hay encuentros fortuitos, maestros imprevistos, lecturas que llegan demasiado pronto y otras que sólo revelan su sentido cuando ya hemos envejecido lo suficiente para comprenderlas.

Algo semejante ocurre con las narrativas biográficas que configuran la existencia de cada individuo. Son irrepetibles porque cada ser humano constituye el resultado singular de una convergencia concreta entre natura, cultura e historia.

Hay aquí una analogía inevitable con los juegos de azar. Las cartas nos son distribuidas sin consultarnos. Nadie elige su cuerpo originario, su familia, el siglo en que nace, determinadas heridas tempranas ni las primeras contingencias que habrán de modelar su carácter. Pero lo decisivo no reside únicamente en la mano recibida, sino en la manera en que cada jugador decide arriesgarla.

El espacio de la libertad comienza precisamente allí donde termina la mera facticidad.

Entre el azar y la necesidad —o, más exactamente, suspendido entre ambos— el hombre avanza sobre aquello que podría denominarse el precipicio de la libertad.

Maurice Merleau-Ponty habló de una libertad en situación: nunca absoluta, jamás desencarnada, siempre condicionada por un cuerpo, por una historia, por una época y por unas circunstancias que no hemos escogido. Pero esa libertad limitada no constituye por ello una libertad ilusoria. Al contrario: es precisamente porque encuentra límites que puede convertirse en acto.

Privado radicalmente de ella, el hombre quedaría reducido a una forma extraordinariamente sofisticada de automatismo biológico: una criatura dotada de un sistema nervioso admirable, capaz de reaccionar a innumerables estímulos, pero incapaz de distanciarse de ellos, interrogarse y decidir.

La existencia comienza allí donde el hombre deja de limitarse a reaccionar y comienza a interrogarse.

Tal vez una parte considerable de nuestra época pueda comprenderse precisamente a partir de una progresiva renuncia a ese ejercicio interior de la libertad. A cambio de él se ofrecen sucedáneos cada vez más eficaces: comodidad, distracción, consumo, velocidad, visibilidad, estímulo, entretenimiento.

Nunca habíamos dispuesto de tantas posibilidades y, sin embargo, no resulta evidente que sepamos mejor qué hacer con ellas.

Nunca habíamos hablado tanto de libertad y quizá nunca haya sido tan intensa la industria dedicada a anticipar nuestros deseos, capturar nuestra atención y conducir nuestras elecciones.

Más que una presentación convencional, quisiera por ello que estas páginas fueran entendidas como un discreto espacio de agregación de palabras, intuiciones, experiencias y preguntas.

En otras tradiciones culturales habría podido recurrir no a palabras, sino a ideogramas. Y, llevado por cierta tentación minimalista, quizá incluso a unos pocos signos o fonemas. Porque ninguna lengua es inocente. Toda lengua transporta una metafísica implícita y todo sistema simbólico modela de manera diferente aquello que llamamos realidad.

He estudiado medicina, psiquiatría, filosofía, antropología y algunas otras disciplinas de ese interminable humano menester que consiste en intentar comprender al hombre.

Pasé por universidades pluriseculares, hospitales, bibliotecas, aulas y geografías diversas tratando de ampliar la investigación sobre ese extraño ser viviente que los griegos llamaron ἄνθρωπος.

En el Crátilo, Sócrates propone a Hermógenes una etimología filosófica de ánthrōpos: el hombre sería aquel que no se limita a ver, sino que vuelve reflexivamente sobre aquello que ha visto; contempla, examina, considera su propia experiencia.

La exactitud filológica de esta etimología importa menos que la intuición antropológica que encierra.

El hombre sería, así, el animal capaz de convertir su propia experiencia en problema.

Ve, pero sabe que ve.

Sufre, pero puede preguntarse por el sentido de su sufrimiento.

Desea, pero puede interrogar la legitimidad de su deseo.

Sabe que morirá y, precisamente porque lo sabe, construye tumbas, religiones, bibliotecas, hospitales, poemas y metafísicas.

Acaso ninguna definición del ser humano haya dejado de gravitar alrededor de esta extraña capacidad de retornar sobre sí mismo.

Siento aquí la tentación de colocar un punto final. Pero los puntos finales pertenecen mucho más a la sintaxis que a la existencia.

La vida rara vez concluye con la pulcritud de un párrafo.

La Lebenswelt, el mundo de la vida del que hablaba Husserl, se parece bastante menos a un tratado sistemático que a un manuscrito lleno de tachaduras, glosas marginales, interpolaciones, fragmentos extraviados y páginas que jamás llegaron a escribirse.

Estas páginas poseen, en realidad, una doble finalidad.

Por una parte, ofrecer una imagen inevitablemente fragmentaria de quien las escribe. Por otra, intentar responder —dentro de mis limitaciones— a algunas de las preguntas que surgen en el territorio al que he dedicado buena parte de mi existencia: la psicopatología y la psiquiatría.

Henri Ey concibió la enfermedad mental a partir de una perturbación de la libertad humana, y esa intuición sigue conservando una extraordinaria fecundidad antropológica.

Porque detrás de innumerables manifestaciones psicopatológicas aparece alterada, de una u otra manera, la relación entre libertad, deseo, voluntad, afectividad y realidad.

La enfermedad psíquica no constituye simplemente una colección de síntomas.

Es también una modificación del modo de estar en el mundo.

La depresión transforma la experiencia del futuro.

La manía altera la medida de lo posible.

La psicosis modifica el estatuto mismo de la realidad.

La obsesión puede convertir la libertad en ritual.

La angustia transforma la posibilidad en amenaza.

La impulsividad acorta dramáticamente la distancia entre deseo y acto.

El trastorno mental comparece así no sólo como acontecimiento clínico, sino como fractura antropológica.

La nosografía contemporánea —incluido el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders— puede cartografiar con gran minuciosidad muchas de estas configuraciones. Pero clasificar no equivale todavía a comprender.

Una taxonomía puede decirnos cómo denominar un síndrome.

Mucho más difícil resulta explicar qué acontece con la libertad de una persona cuando su mundo se estrecha hasta volverse inhabitable.

Desde esta perspectiva, la vieja formulación de la psiquiatría como estudio de una cierta patología de la libertad conserva una sorprendente potencia.

Y aquí aparece inevitablemente la angustia.

Kierkegaard comprendió quizá antes que muchos clínicos que la angustia no era sólo un afecto desagradable ni un síntoma destinado a desaparecer bajo una terapéutica eficaz. Era también el vértigo de la posibilidad.

Sólo puede experimentar auténtica angustia quien se encuentra, de algún modo, ante aquello que todavía puede ser.

El animal teme.

El hombre, además, anticipa.

Puede imaginar la catástrofe antes de que ocurra, sufrir por futuros que jamás acontecerán y desesperar ante posibilidades que todavía permanecen abiertas.

Pero esa misma capacidad que produce la angustia constituye también el fundamento de la libertad.

Sólo quien puede equivocarse puede elegir.

Sólo quien puede perder puede arriesgar.

Sólo quien puede fracasar puede verdaderamente actuar.

Quisiera finalmente detenerme en la valencia simbólica de otro nombre: Eudemoniapsyche.

El término griego εὐδαιμονία, central en la Ética a Nicómaco de Aristóteles, ha sido traducido innumerables veces por “felicidad”. La palabra moderna resulta, sin embargo, demasiado estrecha. Eudaimonía no designa un estado pasajero de satisfacción, ni un simple bienestar subjetivo. Alude más bien a una vida lograda, a una forma de florecimiento humano en la que razón, carácter, acción y virtud encuentran una determinada consonancia.

Para Aristóteles, el bien supremo no reside en la riqueza, los honores, la fama ni siquiera en el placer considerado aisladamente. Consiste en una cierta realización virtuosa de la existencia.

La modernidad tardía parece haber desplazado progresivamente aquella antigua pregunta —¿cómo debe vivirse?— por otra mucho más inmediata: ¿qué deseo todavía?

Y quizá allí se encuentre uno de nuestros grandes desplazamientos antropológicos.

El sujeto contemporáneo habita una economía permanente de la comparación, la exposición y el reconocimiento. Debe mostrarse, producirse, explicarse, optimizarse, actualizarse.

Ya no basta con existir.

Hay que exhibir signos verificables de que la propia existencia merece ser contemplada por los otros.

De ahí que muchas formas contemporáneas del sufrimiento puedan leerse también como perturbaciones del deseo, de la afectividad, de la voluntad y de la relación con el límite.

Depresión, ansiedad, estados de angustia, trastornos narcisistas, compulsiones, impulsividad, bipolaridad, psicosis o determinadas configuraciones de la personalidad poseen etiologías y estructuras diferentes y no deben confundirse entre sí. Pero todas muestran, desde distintos ángulos, hasta qué punto la vida psíquica depende de la compleja negociación entre aquello que deseamos, aquello que podemos, aquello que somos y aquello que la realidad permite.

Quizá pueda llamarse Eudemoniapsyche al estado de un alma que ha alcanzado alguna reconciliación con esa distancia.

No la desaparición del conflicto.

No una imposible serenidad perpetua.

Mucho menos la abolición del sufrimiento.

Sino el conocimiento de la propia medida.

La antigua sabiduría griega sabía que el límite no era simplemente una privación. Podía constituir también una forma de inteligencia.

Nuestra época, en cambio, parece experimentar una dificultad creciente para aceptarlo.

De allí que me haya tentado alguna vez el neologismo diseudemonía: una falsa promesa de plenitud que termina produciendo exactamente lo contrario de aquello que anuncia.

Una humanidad rodeada de posibilidades y, sin embargo, insatisfecha.

Saturada de información y sedienta de orientación.

Expuesta permanentemente a los otros y profundamente sola.

Convencida de que todo límite constituye una injusticia personal.

Obsesionada con prolongar indefinidamente la juventud, multiplicar las experiencias, acumular reconocimiento y expulsar del horizonte cualquier recuerdo de fragilidad.

Tal vez nuestra tragedia no consista en haber dejado de creer en los dioses.

Consista, más bien, en haber comenzado a exigirnos a nosotros mismos los atributos que antiguamente reservábamos para ellos.

Omnipresencia.

Omnipotencia.

Juventud interminable.

Disponibilidad absoluta.

Visibilidad permanente.

Una existencia sin fracaso, sin envejecimiento, sin pérdida y, finalmente, sin muerte.

Pero el hombre que pretende abolir todos sus límites no se hace por ello más grande.

Sólo pierde la medida de lo humano.

Los griegos poseían una palabra severa para nombrar semejante extravío:

ὕβρις — hýbris.

Quizá los libros continúen siendo, precisamente por ello, remedios del alma.

Porque nos recuerdan que otros amaron antes que nosotros, que otros temieron, envejecieron, traicionaron, perdonaron, enfermaron y murieron.

Nos recuerdan que ninguna angustia individual carece completamente de genealogía.

Y que frente a la ilusión contemporánea de comenzar siempre desde cero, una biblioteca nos devuelve a la larga conversación de los hombres consigo mismos.

Allí reside acaso su virtud terapéutica más profunda.

No en proporcionarnos respuestas definitivas, sino en impedir que creamos que somos los primeros en formular nuestras preguntas.

Remedios del alma en otras lenguas

El mismo texto, recreado en otras trece lenguas. Cada versión se abre en PDF; bajo cada enlace, una breve referencia de lo que cambia en ella.

DE ANIMA PER LINGUASUna misma alma, múltiples formas del decirComparativo de todas las versiones · Documento PDF

GENEALOGIA MAGISTRORVM MEORVM

Genealogía de mis maestros

En otras lenguas

Versiones en francés, alemán, italiano y portugués. Cada una se abre en PDF.

actividad profesional

Consultant in GENERAL ADULT PSYCHIATRY

Psiquiatra consultor en Psiquiatría General de Adultos

Logotipo del National Health Service (NHS) de Inglaterra, donde Carlos Gabriel Chada Castro ejerció como Consultant in General Adult Psychiatry

Docente regular invitado

VISITING LECTURER

Profesor visitante

Professor visitante

Profesor visitante

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Profesor invitado

Logotipo de la Friedrich-Schiller-Universität Jena (Alemania), donde Carlos Gabriel Chada Castro ha impartido docencia como Gastprofessor

Psiquiatra y docente adjunto en cátedra de clínica psiquiátrica

VISITING LECTURER

Profesor visitante

Psychiatre des hôpitaux en FRANCE

Psiquiatra hospitalario en Francia

Logotipo del Centre Hospitalier Universitaire de Nice (Francia), donde Carlos Gabriel Chada Castro ejerció como psychiatre des hôpitaux

Títulos Universitarios

libros, publicaciones y ponencias

Schizophrenia and sexuality

A review and report of 80 cases (British Journal of Psychiatry)

Sexuality and psychoses

A phenomenological approach (Comprehensive Psychiatry)

Schizophrenia and sexuality

Con un saggio clinico di Chada Castro, Carlos Gabriel, 5 edizione ampliata, Milano,1999 (355pp)

La psichiatria e la fenomenologia al tempo di Jaspers

« RITORNO ad ATENE » Studi in onore di Umberto Galimberti, A cura di Gianluigi Pasquale. Carocci editore, Roma, 2012

Fenomenologia e Psichiatria

Una revisione critica sulle fonti filosofiche della Psicopatologia Generale di Karl Jaspers (Dottorato europeo di ricerca, 347 pp., Ediz. Della Università degli Studi di Venezia, Ca’Foscari, Venezia, marzo 2007)

Borderline Personality Disorder

A conceptual history (MPhil under the supervision of Prof. G.E.Berrios, University of Cambridge, October 2003)

Schizophrenia and sexuality

Panelista en programa de TVE, marzo 2013 MADRID, sobre "La enfermedad de nuestro tiempo"

Cahiers de l’Université de Nice, 2014

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